Especial por DarÃo Goenaga.
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Josué ValentÃn Prates hizo pie en la Argentina con 22 años de edad, huyendo de la posguerra. Su único tesoro era su diploma de enólogo, extendido por una famosa escuela italiana. Su bodeguita inicial se convirtió en palabras mayores, hasta que cerró sus puertas en 1985.
Josué ValentÃn Prates llegó a la Argentina en 1927, con 22 años. VenÃa desde Udine, en la región del Friul, norte de Italia y estaba huyendo de la miseria de la posguerra que hizo todo aún más difÃcil en su paÃs.
En su valija traÃa muy pocas pertenencias, pero entre ellas viajaba el diploma que le habÃa extendido la afamada Scuola Di Viticoltura e Di EnologÃa en Udine en el año 1921, por entonces Regno de Italia. Josué era enólogo, conocedor de la técnica para elaborar el mejor vino. La escuela donde estudió, por entonces funcionaba como internado, en la actualidad es una de las de mayor prestigio en el mundo.
No descubrimos nada si decimos que el vino ha acompañado al hombre desde tiempos remotos. Muchas culturas le adjudican un origen divino. Un mito griego cuenta que Dionisio marchó por el mundo enseñando a los hombres a cultivar la vid y elaborar el vino. Los romanos lo llamaron Baco, y los egipcios tenÃan a Osiris. A lo largo de la historia de la humanidad, el vino cobra relevancia porque acompañó los grandes hechos como también celebraciones familiares.
Con la esperanza de un presente mejor, y con la Ãntima confianza de encontrar una oportunidad en tierras argentinas para hacer el vino que tantas veces imaginó durante su época de estudiante, Josué Prates desembarcó en Buenos Aires. Su primer escala fue en La Plata donde trabajó junto a su hermano Juan en la construcción, de peón de albañil pero al mismo tiempo buscaba nuevos horizontes.
Fue asà que encontró una chance de acercarse un poco más a lo suyo. Durante tres años vivió en Carmen de Patagones, trabajando como profesor en una escuela agraria. Y al respecto hay una anécdota que ocurrió cuando se presentó a tomar el lugar. Al momento de nombrarlo profesor, las autoridades competentes le mandaron al director de la escuela un telegrama en el cual le decÃa que se iba a presentar Josué Prates "para hacerse cargo de su puesto".
A leer esto, el director creyó que en realidad se iba ser cargo de "su" puesto, es decir el de director y por lo tanto se daba por despedido. Cuando Prates llegó, el director lo estaba esperando en la puerta y tras saludarlo, le entregó las llaves del establecimiento.
Pasado el malentendido y el difÃcil momento para el director, la situación arrancó sonrisas a ambos, y a menudo era mencionada en reuniones y festejos de camaraderÃa.
Tras esa experiencia, Josué se marchó hacia la región de Pedro Luro para trabajar de administrador de un establecimiento. Fue en momentos en los cuales se iniciaron los primeros riegos en la zona de Corfo-RÃo Colorado.
Al mismo tiempo empezó a atender la bodega de Enrique Juliá en RÃo Colorado a partir del año 1930. VenÃa al valle del Colorado cada quince dÃas para seguir de cerca la producción del vino. Y le fue tomando cariño al lugar porque compró un lote de tierra, y de a poco fue armando una chacra.
En esos viajes de trabajo, conoció a Emilia Futten, una mujer de sangre austrÃaca, con quien finalmente se casó y formó una familia tradicional de RÃo Colorado. Emilia era maestra y profesora de geografÃa.
HabÃa nacido en Buenos Aires pero su trabajo la llevó a Ingeniero Huergo, y más tarde a RÃo Colorado. En un primer término prestó servicios en la escuela 46 y luego en la 90, ambas ubicadas en Colonia Juliá y Echarren.
Don Josué seguÃa obsesionado con la elaboración de vinos, y querÃa hacer su propia producción. Por eso no dudó ni un segundo cuando se presentó el negocio y entonces le compró una bodeguita a Juan Herrera en el año 1946.
Merced al trabajo, al esfuerzo y a sus conocimientos especÃficos, la empresa fue creciendo paulatinamente hasta llegar a una producción anual de alrededor de un millón y medio de litros promedio. Las marca con la cual se comercializaba era "Valle del Colorado" y "Santa Augusta", que durante cuarenta años formaron parte de las mesas riocoloradenses.
Sin embargo el vino de los Prates también llegaba a La Plata, Avellaneda, Quilmes, Buratovich, Villalonga, Pedro Luro y BahÃa Blanca, entre otras ciudades de los alrededores. Se hacÃa el vino clarete (rosado) y el vino blanco, que los de esta zona eran reconocidos en la región.
Dicen los que saben que las zona delimitada por el paraje de Gaviotas (a unos sesenta kilómetros al norte de RÃo Colorado) hasta el Valle Medio, es la de mayor luminosidad del paÃs. Ideal para hacer vinos de calidad. Y las uvas, por el clima reinante, se adaptan casi todas lo cual permite la diversidad.
Afirman que las variedades de uvas blancas venÃan mejor que las otras pero no habÃa tampoco abundancia de uvas finas. Entre otros habÃa Semillón Blanco, Sauvignon Blanc, Torrontés Blanco, recuerdan los memoriosos.
Sus hijos Juan y Luciano, (Juancho y Nito para todos en esta comunidad) son dos reconocidos vecinos de esta localidad y aceptaron recordar algunas vivencias de esa época de esplendor para las bodegas regionales, como también conocer un poco más sobre uno de los pioneros más emprendedores del valle del Colorado.
"Antes la gente tomaba mucho el vino blanco, y por el contrario, el vino tinto costaba venderlo. Después esta situación se fue revirtiendo y hoy hay más demanda del tinto. Nosotros crecimos al ritmo de la actividad de la bodega. Infancia, adolescencia y juventud aprendiendo junto a nuestro padre los secretos del arte de hacer un buen vino", explicaron.
La actividad vitivinÃcola andaba muy bien en la zona don Josué redobló la apuesta al comprar una chacra de 80 hectáreas en pleno centro de la Colonia Juliá y Echarren. Debemos aclarar que de esa superficie, donó cinco hectáreas para edificios públicos y donde actualmente se levantan la escuela Nº 46, la comisarÃa, la escuela agraria, la plaza y la iglesia.
Sobre la vida cotidiana agregan "no recordamos jamás que nuestros padres hayan discutido delante nuestro. Posiblemente nos daba a nosotros demasiada rienda suelta. Mientras nuestro padre podÃa, nos daba todo lo que necesitábamos. Seguramente por la infancia que él habÃa pasado, con mucho sufrimiento, y entonces no querÃa que eso mismo nos pase a nosotros", explica Nito.
Sobre la distribución del trabajo, Juancho se ocupaba de la bodega y Nito se encargaba de las tareas de chacra. "En la bodega tenÃamos trabajando ocho personas en forma permanente, mientras que en época de molienda la cantidad ascendÃa a quince o hasta veinte personas cuando la producción era mayor. El sistema que utilizábamos no cambió tanto si lo comparamos con los actuales. En algunos casos se cambió la madera por el acero inoxidable, pero siguen en uso las prensas hidráulicas, la moledora, los piletones…".
RÃo Colorado tenÃa otras cinco bodegas similares a las de los Prates, lo que grafica la magnitud que tenÃa la vitivinicultura en el valle del Colorado. Se cultivaban alrededor de 3.000 hectáreas de viñas, hasta que llegó la reconversión obligada de la viña por la manzana, porque la uva ya no valÃa nada.
¿Cuál o cuáles fueron las razones de esta cambio en la economÃa regional? "FÃjate que en la provincia de RÃo Negro habÃa unas 120 bodegas y ahora no sé si quedan 20. En cuanto a las razones, existen varias opiniones y todas respetables. Yo voy a dar la mÃa. Las uvas finas y de buena calidad producen muy pocos kilos por hectárea. En cambio la uva de mesa, la de color negro y gran tamaño produce tres o cuatro veces más por hectárea con relación a las uvas finas", comenzó explicando Juan Prates.
"En la década del 60 estaba prohibido poner más viñedos porque el gobierno nacional no querÃa ninguna crisis por superproducción en el paÃs. Por ese entonces el Instituto Nacional de Vitivinicultura llevaba un control sumamente estricto, pero habÃa una gran potencia que era Mendoza. Allà se dieron cuenta que las uva de mesa producÃan 50 o 60.000 kilos por hectárea contra los 15.000 de una uva fina. Para sortear la prohibición, pidieron autorización para poner uva de mesa para consumo en fresco y se los autorizó. Pusieron miles de hectáreas en Mendoza y en San Juan, pero después a quien se la iban a vender porque la idea original era hacer vino con ellas. Durante el gobierno de OnganÃa le plantearon la posibilidad de hacer vino con esas uvas porque la realidad era que no sabÃan qué hacer con la producción. Y lamentablemente se los autorizó", agregó.
Ilustra entonces que en aquella época se puso de moda el vino dulce, abocado y que era cada vez más dulce. "SucedÃa que el vino base que se hacÃa con esa uva de mesa era malo o muy malo, y para mejorarlo le ponÃan jugo de uva concentrado. De esa manera se vendÃa a montones y con eso no podÃamos competir. Las bodegas de RÃo Negro se fueron al fondo y en menos de diez años desaparecieron casi todas", concluyó lacónico.
Nito retoma la charla y explica que actualmente todas las bodegas son de uva fina, y no existe el vino dulce. "Pero acá ya no hay mas viñas", sentencia.
El sueño de Josué que habÃa empezado en 1946 llegaba a su fin en 1985. La bodeguita, que en poco tiempo fue la bodega con mayor producción, cerraba definitivamente sus puertas, y con ella se bajaba el telón para una actividad que no volvió a florecer en esta tierras hasta la actualidad.
"Mi viejo era un gringo muy emprendedor, también incursionó en la fabricación de fideos y en la industrialización de tomate, en la famosa y todavÃa recordada ‘tomatera’ que funcionó por algunos años en el barrio de Buena Parada", recordó.
Al respecto cuentan que durante la guerra los italianos que tenÃan dinero y capital temÃan al avance del comunismo. "Esas fábricas de fideo y de tomate eran producto de capitales italianos que habÃan asociado a mi viejo. Después, una vez que pasó el peligro del comunismo en Italia, la actividad fue decayendo. Después esas máquinas las compró la firma Manera, una de las más importantes de la industria fideera. El objetivo era escapar del comunismo, cuando no hubo más peligro, se fueron", explica.
Don Josué y Emilia tuvieron tres hijos. Celia y los mencionados Juan y Luciano, quienes formaron sus respectivas familias y se mantienen activos cada uno en su actividad.
Juan tiene cinco hijos (tres mujeres y dos varones) al igual que Luciano (tres varones y dos mujeres), todos profesionales y dedicados a sus especialidades. En tanto Celia está radicada en BahÃa Blanca y tiene dos hijos.
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DarÃo Goenaga.
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